
Termina la semana pero no veo el momento de que empiece la próxima. Sostengo la idea de aún en compañía te sientes sobradamente sola; delante de mi nueva pantalla LG de 19’’ veo un “nuevo documento en blanco”, con ganas de escribir algo, ni muy alegre ni muy pesimista, simplemente explotar de algún modo y confesar que estoy sola. Intento no recordarme la rutinaria vida que llevo desde finales de septiembre del año pasado y me aseguro que a finales de este mes, justo un año después, voy a eliminar la monotonía (parece que haya leído la columna de una “autora” jodidamente limitada a dar consejos a lectores/as supuestamente depresivos por no tener claro si debía haber terminado la E.S.O. ó sentirse afortunado/a al trabajar en un almacén de almohadas y contar con 3 hijos a la edad de 22 años).
Lo que decía, quiero aniquilar mi “aburrida vida”: voy a cambiar de curro por no desconectar del todo con la consumista sociedad de la cual me siento estrechamente ligada, cambiare de carrera por no tener nada claro en la vida y acabaré de sacarme el carné de conducir para poder ir a pie a todas partes. Frustrado intento de aniquilación, más bien desmembrar mi vida.
Supongo que lo más triste es que debo vivir de sueños y deseos, que veo las cosas muy confusas si hecho la vista atrás, que creo no haber aprovechado nada ni haber conseguido nada, que deseo tantas cosas que me impide cumplir al menos una de ellas;
y, aquí estamos, todavía delante de la pantalla intentando imaginar un modo original de terminar este “posted”.
Pues bien, alguien que nunca existió dijo: “… la destrucción de uno mismo es lo que realmente hace que la vida merezca la vida”.
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